sábado, 19 de enero de 2013


TEJIENDO SOLEDADES
Recuerdo las cosas que sucedían cuando era niño. Las vecinas se prestaban una taza de arroz crudo, un vaso de leche, un tomate o una cebolla… En navidad, se cruzaban platos con buñuelos, natilla, dulce de breva, limón, papaya, arequipe… Cuando alguien se enfermaba, el vecindario entero visitaba al paciente… Todo el mundo se conocía. A la media noche del 31 de diciembre, la gente salía de su casa a abrazarse con los vecinos. Permanecía un ambiente de amistad, se respiraba solidaridad, sentido de pertenencia, preocupación por el prójimo.
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Estos múltiples lazos que crecieron entre los vecinos, que mantenían a la gente del barrio unida y preocupada por los asuntos comunes, es lo que se denomina tejido social. Como la relación era estrecha entre todo el vecindario, el tejido era muy tupido y fuerte lo que hacía a la comunidad muy sólida. Con el tiempo eso se ha venido perdiendo…
Los vientos de progreso han convertido en jirones ese tejido. Ahora se vive o se anhela vivir en conjuntos cerrados, donde pocos saben quién es el que reside al lado. O en edificios donde prima el anonimato de los residentes. Hay quienes opinan que es mejor así, porque nadie se mete en la vida de los demás, y que la soledad es una ganancia de la privacidad y la discreción. Los jóvenes no saludan, no por mal educados, sino porque viven con sus oídos conectados a aparatos electrónicos y mantienen aislados de la realidad circundante. Inclusive, así asisten a clase en sus colegios.
Los que diseñan las ciudades piensan en grandes avenidas, autopistas, anillos viales, puentes y deprimidos para mejorar la movilidad. Para que las personas puedan salir de su trabajo y rápidamente llegar a sus hogares. Esto favorece la terrible enfermedad de nuestros tiempos: la soledad. Las ciudades necesitan puntos de encuentro, espacios donde conversar, sitios para construir sentido y sentimientos de solidaridad y pertenencia. Los ritmos endemoniados de la sociedad no construyen relaciones ni tejido social.
Si existe un tejido social sólido con ciudadanos y ciudadanas, se evita que la gente apueste sólo por las opciones individuales y privadas y que sólo vea futuro y tranquilidad por fuera de los espacios raizales. Es por eso que las sociedades con poderosos tejidos sociales invierten en la educación y especialmente en la cultura. La cultura, como dimensión fundamental del desarrollo, posibilita la reconstrucción de identidades rotas por la violencia, la generación del concepto de ciudadanía que permita participar en las decisiones de interés común y la construcción de una ética y comportamientos de convivencia que provea a las personas de las aptitudes para una vida en común, solidaria, participativa y tolerante.
Es triste ver como las personas luchan toda su vida por lograr una pensión. Por su trabajo abandonan la familia, sus amigos y allegados. Y cuando se jubilan, descubren que han edificado un monumento a la soledad y al abandono. Tarde se dan cuenta que el trabajo era la disculpa que disimulaba una falta de relaciones sociales. Y entonces, entran en depresión o en el alcoholismo. La idea no es volver al pasado. La idea es trabajar por construir relaciones de amistad, de colegas, de vecinos. Invitar a hacer parte de organizaciones juveniles, comunales, profesionales, deportivas, políticas o gremiales, es decir, construir tejido social.

Estos múltiples lazos que crecieron entre los vecinos, que mantenían a la gente del barrio unida y preocupada por los asuntos comunes, es lo que se denomina tejido social. Como la relación era estrecha entre todo el vecindario, el tejido era muy tupido y fuerte lo que hacía a la comunidad muy sólida. Con el tiempo eso se ha venido perdiendo…
Los vientos de progreso han convertido en jirones ese tejido. Ahora se vive o se anhela vivir en conjuntos cerrados, donde pocos saben quién es el que reside al lado. O en edificios donde prima el anonimato de los residentes. Hay quienes opinan que es mejor así, porque nadie se mete en la vida de los demás, y que la soledad es una ganancia de la privacidad y la discreción. Los jóvenes no saludan, no por mal educados, sino porque viven con sus oídos conectados a aparatos electrónicos y mantienen aislados de la realidad circundante. Inclusive, así asisten a clase en sus colegios.
Los que diseñan las ciudades piensan en grandes avenidas, autopistas, anillos viales, puentes y deprimidos para mejorar la movilidad. Para que las personas puedan salir de su trabajo y rápidamente llegar a sus hogares. Esto favorece la terrible enfermedad de nuestros tiempos: la soledad. Las ciudades necesitan puntos de encuentro, espacios donde conversar, sitios para construir sentido y sentimientos de solidaridad y pertenencia. Los ritmos endemoniados de la sociedad no construyen relaciones ni tejido social.
Si existe un tejido social sólido con ciudadanos y ciudadanas, se evita que la gente apueste sólo por las opciones individuales y privadas y que sólo vea futuro y tranquilidad por fuera de los espacios raizales. Es por eso que las sociedades con poderosos tejidos sociales invierten en la educación y especialmente en la cultura. La cultura, como dimensión fundamental del desarrollo, posibilita la reconstrucción de identidades rotas por la violencia, la generación del concepto de ciudadanía que permita participar en las decisiones de interés común y la construcción de una ética y comportamientos de convivencia que provea a las personas de las aptitudes para una vida en común, solidaria, participativa y tolerante.
Es triste ver como las personas luchan toda su vida por lograr una pensión. Por su trabajo abandonan la familia, sus amigos y allegados. Y cuando se jubilan, descubren que han edificado un monumento a la soledad y al abandono. Tarde se dan cuenta que el trabajo era la disculpa que disimulaba una falta de relaciones sociales. Y entonces, entran en depresión o en el alcoholismo. La idea no es volver al pasado. La idea es trabajar por construir relaciones de amistad, de colegas, de vecinos. Invitar a hacer parte de organizaciones juveniles, comunales, profesionales, deportivas, políticas o gremiales, es decir, construir tejido social.

viernes, 11 de enero de 2013


SEGURIDAD Y TEJIDO SOCIAL
En una familia, los afectos entre sus miembros se describen como relaciones familiares. Para imaginar esta situación pensemos como si cada relación se pudiera representar por un hilo que parte de cada miembro y termina en los demás. Cuando las relaciones son sólidas, el hilo es mucho más fuerte. Se habla de lazos familiares. Cuando en una familia hay presente respeto y afecto los lazos son muy poderosos, y cuando faltan, entonces los lazos se deshilachan y se rompen.
En un grupo de amigos pasa cosa similar. A mayor respeto y cariño, más cohesionado estará el grupo. Lo mismo ocurre con la sociedad. Si nos imaginamos un hilo saliendo de cada individuo y llegando a todos los que conforman su grupo social, veríamos un cruce de muchos hilos, una red uniendo las personas. Es lo que los teóricos llaman tejido social.
El tejido social de una comunidad será el imaginario entramado de hilos de relaciones que se entrecruzan entre todos sus miembros. Mientras más fibras existan, más fuerte y cohesionada estará esa sociedad. La experiencia enseña que sociedades con tejido social fuerte son muy unidas, muy seguras, autónomas, incluyentes  y solidarias. Cuando un delincuente trata de atacar a una persona que pertenezca a estas sociedades, es toda la comunidad la que reacciona. Por eso son seguras y solidarias.
Cuando ocurren desastres que involucran comunidades con tejido social fortalecido, reaccionan más fácilmente, se recuperan con mayor celeridad y los daños colaterales se disminuyen sensiblemente.
En nuestras comunidades el tejido social está hecho jirones o es muy débil. Muchos no participan en las juntas de acción comunal, y si lo hacen es para nombrar dignatarios, para que sean ellos los que pongan la cara y se encarguen de todo. Lo mismo ocurre con las asociaciones de padres de familia, con las asociaciones campesinas o deportivas, sindicatos, etc. No participar es no tejer hilos de relaciones. No participar es debilitar el tejido social. El clientelismo se aprovecha de ello y se beneficia de la indiferencia, porque la comunidad no es autosuficiente ni autónoma, depende del político que les consigue cositas y no aprende a tomar las riendas de su destino con manos propias.
La seguridad ciudadana necesita un tejido social fuerte, no más policías ni CAIs. Los campesinos organizados y asociados logran mejores productos y precios y son menos vulnerables a la especulación y la corrupción. Las asociaciones de usuarios, de comerciantes, de industriales o de ciudadanos, cuando no están politizadas y puestas al servicio de un politiquero cualquiera,  defienden y benefician los intereses comunitarios. La soledad, la envidia, el odio, el egoísmo y el espíritu de competencia destruyen el tejido social.
La cultura, en todas sus manifestaciones puede contribuir a fortalecer el tejido social. Igual el deporte, la recreación y el aprovechamiento del tiempo libre. Es por eso que la responsabilidad más grande del estado es el fortalecimiento del tejido social, de la organización comunitaria, de la asociatividad ciudadana. Una sociedad con tejido social fuerte es una sociedad que tiene poder, o como llaman los académicos, una comunidad empoderada y segura.
Vivir en el respeto, en el amor al prójimo, en el deseo de incluir y participar, poniendo los intereses colectivos por encima de los particulares es construir tejido social, es construir convivencia y paz.

viernes, 4 de enero de 2013


ARMAS PARA MATAR
Suena a tontería hablar del derecho a la vida, puesto que parece existir un acuerdo formal en el que casi todos coincidimos, de la importancia de promocionar, proteger y defender el derecho a la vida. Esto reflejaría que lo asumimos, no solo como un bien básico apreciado individual y colectivamente, sino como el soporte material fundamental para el goce y disfrute de cualquier otro derecho.
La vida es un derecho inalienable, imprescriptible e irrenunciable que debe ir de la mano con su calidad. No se va contra este derecho únicamente cuando se asesina a una persona, sino también cuando por acción o por omisión no garantizamos los medios mínimos y las condiciones adecuadas para que se lleve una vida digna.
Colombia es una sociedad de contradicciones. La pena de muerte está abolida legalmente, pero son diarios los casos donde bandas criminales, guerrilla, paramilitares, delincuencia común, ciudadanos indignados o personas vinculadas al estado, quienes en diversas modalidades de asesinato, desde el homicidio por atracar o en riña familiar o callejera, o en las ajustes de cuentas de grupos delincuenciales, masacres, desapariciones forzadas, la mal llamada limpieza social o en asesinatos selectivos, suman permanentemente personas a las que se les ha segado el derecho a la vida.
Según encuesta de Raddar y Napoleón Franco en Colombia de 43 millones de habitantes un 98% dicen creer en Dios. Un 66% se declara católico, un 4.6% evangélico, 0.5% protestante y 22.4% no profesa ninguna religión. De los más de 1.200 encuestados el 93.3% dice que no matará. Esto contrasta con otra estadística entregada por la Universidad Nacional en la que demuestra que en el país circulan al año cinco millones de armas. Recordemos que un arma es un utensilio que sirve para atacar, matar, herir o defenderse. De esos cinco millones, 660 mil pertenecen a la fuerza pública, un millón 221 mil a particulares y más de 3 millones a actores ilegales.
¿Cómo entender que el 98% de la población crea en Dios que ordena no matar, el 93.3% diga que no mataría y por día mueran dos colombianos asesinados a bala o puñal? Diariamente mueren asesinados 48 colombianos, lo que nos da una cifra alrededor de 18 mil muertes violentas al año. El uso de armas se ha generalizado con la disculpa de la defensa personal o familiar. Cabe la pregunta ¿luego las autoridades y el estado no se inventaron para proteger a todas las personas en su vida, honra, bienes, creencias y demás derechos? El estado está hecho para monopolizar el uso legítimo de la fuerza y la coerción.
Con las cifras dadas lo que constatamos es la debilidad del estado. La falta de eficiencia de sus autoridades. Eso insta a los ciudadanos, al sentirse indefensos a tomar medidas de protección, incluso a hacer justicia por mano propia. Pero a la larga,esto en lugar de fortalecer la sociedad la deteriora. Una persona armada se siente con poder. Y las armas se hicieron para matar, herir, hacer daño.
Debemos fortalecer al estado, rodear a las autoridades y exigirles de forma permanente que cumplan su función. Poseer armas es no creer en el estado ni en sus autoridades. Es debilitar las instituciones. El estado debe tener el monopolio de las armas. Hay que abrir el debate sobre el desarme de los ciudadanos. 

jueves, 27 de diciembre de 2012


TURISMO DEL CAMPO
Por: AGUSTIN ANGARITA LEZAMA
El modelo económico en Colombia tiene características que son fácilmente detectables. Está diseñado para que el gran capital siga ganando. Para que los grandes comerciantes, la gran industria, los importadores y exportadores poderosos, los grandes latifundistas bien tecnificados continúen acumulando de forma exitosa. ¿Qué va a suceder con nuestros pequeños agricultores, con nuestros campesinos?
Para ellos el futuro es muy complicado. Para el caso de Ibagué, corresponden a una población que no pasa de los 35 mil habitantes, alrededor del seis por ciento de los ibaguereños, ocupando más del 85 por ciento del territorio. Viven en zonas aisladas y por el abandono secular del Estado, sus carreteables permanecen en malas condiciones. Eso encarece sus productos haciéndolos menos competitivos, además, hace más costosos los insumos. Cuando el TLC esté funcionando a plenitud, cuando de maíz y yuca, por ejemplo, nos inunden con bajos precios, la crisis se agravará. Ya el café sufre por los bajos precios en el exterior, la devaluación del dólar y la consecuente revaluación del peso. Los precios de los productos agrícolas en el mundo cada día son más bajos. La ruina del agro brilla en el horizonte y el desplazamiento masivo a las ciudades parece inevitable.
Los gobiernos, en general, no han entendido la profundidad de la crisis. Se dedican a pequeñas obras de caridad, que si bien en cierto dan uno que otro voto, no solucionan para nada los problemas. Regalan unas palas, unos kilos de semillas o abonos, unos cuantos alevinos y organizan una que otra fiesta campesina, y ya está. No se ven propuestas estructurales para enfrentar la crisis.
Tenemos fortalezas que no aprovechamos. Nuestro territorio es rico y diverso, lo que se constituye en un atractivo a disfrutar por turistas que quieran degustar la belleza del verde de nuestras montañas, lo cristalino de las aguas, la diversidad de cultivos y paisajes, además de la opción de conocer las tradiciones y cultura de sus habitantes reflejadas en expresiones musicales, trabajo cotidiano, gastronomía y costumbres ancestrales. Cualquier extranjero se cautivaría con la tranquilidad de nuestros campos, aprendiendo nuestros valores culturales, la autenticidad conservada por años de modos de trabajo y de los frutos y productos de una tierra generosa y bella.
Impulsar el turismo en lo rural es una posibilidad importante. Pero eso requiere la tutela y el apoyo del Estado. La experiencia enseña que hay que organizar primero a los campesinos para apropiar con ellos la idea. Son los jóvenes rurales, si se saben convocar, los llamados a guiar el proceso. Ellos pueden convencer a sus padres que el alojamiento en sus humildes viviendas es posible y que no se necesitan inversiones colosales. Con las organizaciones juveniles campesinas se estructuran los procesos de capacitación para decidir si el turismo será de descanso, ocio, esparcimiento o recreación; los tipos de atractivos del lugar; las clases de servicios y facilidades que se pondrían a disposición de los turistas; los tipos de actividades; la obtención de prácticas y destrezas; la aprehensión de conocimientos; la práctica de labores u oficios particulares, etc.
Las autoridades deben advertir sobre los impactos negativos, la conservación de la diversidad cultural y biológica y el respeto y promoción del ejercicio democrático de los derechos de la población anfitriona.  ¡En fin, se puede trabajar por el turismo rural!
FELIZ AÑO 2013 PARA TOD@S

jueves, 20 de diciembre de 2012


ESCEPTICISMO, AMISTAD Y NAVIDAD

Por los caminos de la vida me encontré con un ser humano, que en la medida que lo voy  conociendo, crece mi respeto y admiración por él. Me encanta su devoción por su padre y por su núcleo familiar. Tiene una sensibilidad aguda y multiversa. Como ser humano de mundo su sentido del humor es permanente y mordaz, con comentarios siempre oportunos, afilados y punzantes. Es un escéptico contumaz, como muchos.
Algunos dirán que su pesimismo nace de su conocimiento de la realidad. De esa realidad cruda que vivimos a diario. Me gustaría contar una anécdota que le escuche al periodista polaco, hoy bielorruso, Kapuscinski, un hombre que se destacó, entre otras, por su trabajo como reportero de guerra. Vivió los conflictos bélicos más terribles de los últimos años. Cuando le preguntaron qué buscaba un periodista con formación académica, en medio de los horrores de la guerra, él sin dudarlo contesto: busco la ternura, la solidaridad y la esperanza. No puedo dejar que los horrores me impidan ver los bellos actos de solidaridad que se ven en medio del drama. Siempre pongo en primer plano la esperanza, los esfuerzos incansables por sobrevivir, por mejorar, por cambiar. En segundo plano, dijo Kapuscinski, dejo los odios, las envidias, la tristeza y el dolor.
Creo, como el escritor mencionado, que otra sociedad es posible. Que si nos decidimos podríamos construir un mundo amable, justo, no violento, alegre y próspero. Estoy convencido que un mundo sin trampas, sin miseria, sin exclusión y con oportunidades no es una quimera. Cuando admiro los viaductos de las grandes avenidas y carreteras, cuando me asombro ante edificios, presas y maravillas arquitectónicas; cuando escucho a Paganini, a Bartock, los cantos goliardos del Carmina Burana de Carl Orff, a Piazzola, Pedro Guerra o a Silva y Villalba; cuando admiro a Kandinski, Miró, Obregón, el Bosco o Darío Ortiz; cuando me pasman los avances de la medicina, la electrónica, la genética, la aviación o las comunicaciones, siento la magia de la grandeza del ser humano.
Tanta inteligencia, tanta creatividad, tanto talento son ejemplos de amor por la belleza, por la justicia y por la vida misma en toda su dimensión. No es sino sentir los vórtices de alegría y candor de un niño jugando para descubrir que la vida vale la pena. Este debe ser el primer plano. En esto debemos creer. El mal existe, pero no es lo único.
En la Navidad celebremos un nacimiento. Si. El nacimiento permanente de la esperanza, de la bondad, de las ganas de vivir. El reverdecimiento de las amistades, la consolidación de los afectos de familia, el reconocimiento de solidaridades. Aprovechemos en estas fiestas de fin de año para que con natilla y buñuelos, con mistela y tamales, o con lo que cada uno decida, podamos brindar sin temor por la realización de nuestros sueños y esperanzas.
Amigo del alma, tus hijos y mis hijos, tus familiares y los míos, pero principalmente toda la gente que sufre, llora, pero no deja de luchar, no merece que bajemos las manos y le demos la espalda a la opción por la vida, por la belleza y la justicia. En estas fiestas siente mi mano solidaria extendida como una invitación a trabajar por otro mundo mejor, que te aseguro, es posible.
PD: ¡Feliz Navidad para tod@s!

jueves, 13 de diciembre de 2012



PARA LA CONVIVENCIA Y LA PAZ NECESITAMOS  RESPETO

Tremendo escándalo desencadenaron las declaraciones de un senador refiriéndose a las uniones entre parejas del mismo sexo. El ruido por la discriminación que hacía evidente no fue tan ensordecedor como el de los que aplaudían el suceso. Yo creo que más de la mitad de los colombianos apoyan los comentarios excluyentes. Colombia es un país que discrimina a los diferentes.
Si bien es cierto que la constitución establece que este es un país democrático y pluralista, fundado en el respeto de la dignidad humana y que las autoridades están instituidas para proteger la vida, honra, bienes, creencias y demás derechos y libertades, y que todas las personas deben recibir el mismo trato de las autoridades, todo parece indicar, que esto es retórica, palabras escritas que en la práctica no se cumplen.
La homosexualidad ha existido desde siempre. No es un invento de la sociedad moderna. Los españoles cuando llegaron y descubrieron estas tierras, encontraron que en los aborígenes se practicaba. En la antigua Roma y en Grecia era común. No es una enfermedad ni una falta de hormonas. No se contagia como los virus o las epidemias. Es parte de una decisión autónoma y personal de la manera como los individuos construyen su sexualidad.
Hay gente que considera que si una pareja homosexual tiene contacto con un niño o una niña, asumirá ese comportamiento. Eso no es cierto. Las estadísticas dicen que toda sociedad heterosexual tiene en promedio un 10 por ciento de población homosexual.  Y que los hijos de comunidades homosexuales, en un 10 por ciento asumen como forma de vida el homosexualismo. Además, la mayoría de homosexuales son hijos de parejas heterosexuales, muchas de ellas, prestigiosas, bien educadas y creyentes. Luego no es el tipo de hogar ni la formación dentro de él lo que determina esta manera de ser.
Lo democrático, pluralista y fundado en la dignidad humana es respetar. Debemos entender y hacer parte de nuestra manera de convivir, que los demás son diferentes. Que la diferencia enriquece y que la uniformidad empobrece. Nadie tiene por qué gustarle los homosexuales. Pueden incluso incomodarle. Pero lo que no tiene es derecho a insultarlos, discriminarlos o perseguirlos. Usted puede, con todo derecho, exigir que no se metan en su vida. Pero tiene la obligación, el deber dirían otros, de no meterse en la vida de ellos.
Somos un país cargado de discriminación. Discriminamos a las mujeres, a quienes por el mismo trabajo, nivel de educación y tiempo de dedicación les pagamos un 35 por ciento menos de salario. Igual ocurre con lo afrocolombianos, indígenas, discapacitados, jóvenes, campesinos y población LGTBIA. Estas letras son una sigla que se utiliza como término colectivo para referirse a las personas Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans, Intersexuales y Anorgásmicos. El término trans se refiere a los travestis, transexuales y transgéneros.

Así como debemos aprender a respetar en toda dimensión a las mujeres, no con palabrería como que son las reinas del hogar o lo que embellece la vida, tenemos que aprender a convivir con personas diferentes, con gustos distintos y comportamientos diversos. Ellos son humanos, son dignos y merecen todo nuestro respeto. La convivencia, el progreso y la paz pasan por superar esta talanquera que genera desconfianzas, odios y violencia.

viernes, 7 de diciembre de 2012


LEYES, TRAMPAS Y JUSTICIA
Por: AGUSTIN ANGARITA LEZAMA
Se dice que Colombia es un país de leyes. Que nuestra democracia cuenta como una de sus fortalezas el que contamos con una de las legislaciones más modernas y avanzadas del mundo. Recordando a Santander, a quien se le conoció  como el hombre de las leyes, se le denomina santanderismo a la manía de creer que con una ley superamos los problemas. Toda la creatividad de la que hacemos gala los colombianos queda expresada en el mundo ideal de la ley. En este horizonte inventado se superarían todas las dificultades. Es decir, este mundo imaginado resulta más importante que la misma realidad.
El santanderismo es la filigrana política que permite argumentar el sometimiento de la realidad a la ley o a la norma. Y de allí se vive en un mundo que no tiene nada que ver con esa realidad. Lo importante es la letra menuda, el inciso, la entrelínea, la coma, el paréntesis, el truquito, la maroma, la leguleyada. Esta fascinación por el derecho nos ha llevado a situaciones que parecen de mentiras: la ley es dura pero es la ley, no importa si comete injusticias…
En Colombia hay leyes, decretos, ordenanzas y acuerdos para todo, muchos son un canto a la bandera, porque no se cumplen, porque no son operativos o nacieron inservibles. Por ejemplo, la ley 190 de 1995, en el Régimen de los servidores públicos, específicamente en el artículo 13, dice que “Será requisito para la posesión y para el desempeño del cargo la declaración bajo juramento del nombrado, donde conste la identificación de sus bienes. Tal información deberá ser actualizada cada año y, en todo caso, al momento de su retiro.” ¡Esto no se cumple!
Si algo da risa son las normas de tránsito. Están escritas para no cumplirlas o para que las autoridades de tránsito las exijan cuando a ellas les plazca. En la ley hay prohibiciones para los peatones, y ordena que no pueden invadir la zona destinada al tránsito de vehículos ni circular en monopatines, patinetas o similares. Prohibición que casi nadie cumple. También ordena dicha ley que todas las motocicletas deben circular por la derecha, no en zigzag o en el carril izquierdo. Además, es infracción cruzar los semáforos en amarillo. Es obligación enseñar en escuelas y colegios normas de tránsito y de seguridad vial…
Hay normas que prohíben el expendio de pólvora, especialmente en las fiestas de fin de año. Acuérdese, en medio del cielo iluminado por la pólvora, de esta prohibición el 24 de diciembre y el 31 a las doce de la noche.
También hay normas para proteger el ambiente y otras que lo entregan para la explotación minera, o que consideran que un predio con bosque nativo es de menor valor que un lote deforestado convertido en un potrero. Hay normas para vigilar la higiene y calidad de los alimentos que se venden en la calle, que se incumplen. Hay leyes sobre inhabilidades que prohíben que los que tengan información privilegiada la utilicen en su propio beneficio, que nunca se cumplen pero que si aprovechan. Hecha la ley, hecha la trampa.
Recordemos, lo importante no es tener leyes y normas sino que exista una sociedad justa. Pero gracias a nuestra formación santanderista, tenemos muchas leyes, pero poca, muy poca justicia.