viernes, 24 de mayo de 2013

JUSTICIA Y HONOR
La justicia es un servicio público. Una democracia, para que sea sólida y estable, necesita una justicia eficiente. En Colombia, la creación de la Fiscalía, le entregó al estado la carga de la prueba ante todo litigio penal. Es decir, es el estado el responsable de acusar y aportar las pruebas en contra del presunto violador de la ley.
Una vez reunidas las pruebas, dentro de unos términos fijados de antemano, la Fiscalía ante un juez de la República, acusa por un delito al presunto responsable. Se inicia el juicio y el acusado tiene derecho a su defensa. Para nuestro sistema todo ciudadano se presume inocente. Lo que significa que si la Fiscalía no es capaz de probar que el acusado cometió un delito, el juez debe hacer primar la presunción de inocencia y exonerarlo de cargos. Además, como el acusado tiene derecho a defenderse de las acusaciones, puede controvertir todas las pruebas que lo acusan y aportar elementos que solidifiquen su inocencia.
El juicio es una pugna de elementos racionales entre el ente acusador y el acusado y su defensor frente a un juez que debe ser imparcial. Al final del juicio, el juez dictará su sentencia dejando libre al acusado por falta de pruebas o porque probó su inocencia o lo condenará porque sopesando las pruebas considera que es culpable. Las penas están ya establecidas entre unos rangos.
Cuando una persona es condenada no sólo pierde su libertad sino que temporalmente se le restringen sus derechos civiles. Al ser condenado a pena privativa de la libertad, es sustraído del lecho familiar y se le aparta de sus seres queridos, amigos y de la ciudadanía en general. En la cárcel deberá expiar sus culpas. La ley prevé los casos en los que la resocialización del condenado amerita rebajas de penas.
En general, una persona es vencida en juicio y condenada a la cárcel cuando debe pagarle a la sociedad por un delito cometido. En el país está prohibida la cadena perpetua, por lo que todos los castigos tienen límite. La privación de la libertad es un castigo duro, en el que la sociedad castiga a sus ciudadanos que han infringido las normas de convivencia. Cuando una persona cumple su castigo y retorna a la libertad, es porque saldó su deuda con la sociedad. Por lo tanto, le devuelven algunos derechos suprimidos y se le invita a retornar a la sociedad como ciudadano de bien, que ya no tiene cuentas pendientes.
Si todo lo anterior es verdad, no entiende uno como algunas personas se empecinan en zaherir o sosañar a seres humanos que recobran su libertad después de tristes periodos en la cárcel. Si el que salió de su reclusión está a paz y salvo con la sociedad y la justicia, debe respetársele su derecho a rehacer su vida, a retornar a su hogar y al calor de su familia sin someterlo al escarnio, quizá por odios o rencillas del pasado.

No conozco  a muchos de los que han purgado penas en la cárcel. Pero me incomoda que ahora que están libres, después de cumplir con sus obligaciones con la justicia y la sociedad, algunos se dediquen escarbar heridas e inflamar odios con intereses oscuros. Todo ciudadano tiene derecho a recuperar su buen nombre y mantener su honor.

domingo, 19 de mayo de 2013


VIVA LA GUERRA
Su rostro estaba perlado de sudor. Rezumaba como manantial. Sus ojos desorbitados parecían haber visto al mismo demonio. Tapaba con sus manos los oídos. Parecía no querer oír algo que lo espantaba. Su cara descompuesta, húmeda y pálida reflejaba horror y lástima. En el trasfondo se sentía un ser humano impotente, pidiendo ayuda. Súbitamente, se paró de su silla y empezó a caminar en círculos sin tranquilizarse. Miraba hacia los rincones con desconfianza, pero no se atrevía a asomarse a la ventana. Luego se tumbó en el piso, escondió la cara entre las manos y rompió en llanto. Sus familiares corrieron a ayudarlo.
Esta escena se repetía día tras día. Las noches eran interminables. Tanto él como su familia recorrieron el calvario de pasar por múltiples oficinas y dependencias sin encontrar solución a su problema. Si las promesas fueran monedas de oro, estarían millonarios. La paciencia hace rato venció sus límites. La esperanza partió hace tiempo y perdió su rumbo. Sus antiguos jefes ya no quieren saber de él.
El teniente C fue un muchacho aventajado. Desde niño mostró inclinación por la vida militar. Aunque en su familia no había historia castrense, al terminar con honores su bachillerato, escogió sin titubeos el camino de la carrera militar. Allí se destacó. Era valiente, arrojado, disciplinado, comprometido. Los compañeros lo respetaban y algunos lo envidiaban por el reconocimiento que con trabajo se había forjado. Cuando se graduó, solicitó que lo enviaran a la zona de combate. Anhelaba mirar de frente el peligro, domeñar a los enemigos y servir a la patria. Pronto se hizo merecedor de menciones y medallas.
La guerra no es un juego. Está llena de peligros y dificultades: la oscuridad es terrible y el silencio ensordecedor. El valor es citiado por la acechanza. En medio de la manigua se sentía permanentemente espiado y con los nervios tensados a la espera del ataque enemigo. Una cosa es estar a la ofensiva con el enemigo identificado y ubicado. Otra, caminar por senderos desconocidos, escabrosos, insanos, cargados de riesgos y amenazas.
Una noche, mientras guiaba por la selva a su tropa, sintió que su pecho se henchía y que su corazón se amotinaba. El aire empezó a faltar y sus pensamientos se atropellaban sin definirse. Las imágenes de sus compañeros heridos y mutilados, los rostros de sus amigos muertos y destrozados, los rictus de los cadáveres de los enemigos que más que una mueca semejaban un reclamo, se le agolparon obnubilando sus sentidos. Y salió a correr. No paró en toda la noche. Sus soldados lo buscaron. A los dos días lo encontraron, semidesnudo, agazapado y delirante. Algo había estallado en su mente…
En la ciudad, los galenos diagnosticaron paranoia de guerra. Prometieron que la pensión por incapacidad mental, al retirarlo de los campos de combate, poco a poco le retornaría la calma. Pero no ocurrió. Visitó, con su familia, a casi todos los psiquiatras y psicólogos de su seguridad social sin resultados. Luego optaron por médicos particulares. A la par rezos, agüitas y sanaciones. Nada.
Hoy, veo salir de mi consultorio, arropado por el amor de su familia, a un héroe de la patria que dejó su salud mental y su juventud en esta guerra infame que algunos se obstinan en mantener.
@agustinangarita

jueves, 9 de mayo de 2013


IN MEMORIAM ROSA ELVIRA CELY

Este domingo celebramos el día de la madre. Es una fecha en la que se habla de las bondades de esa mujer que nos trajo al mundo y cosas por el estilo. Valdría la pena reflexionar sobre algunas cifras que tienen que ver con las mujeres.
En el 2004 Medicina Legal registró 32.208 casos de mujeres maltratadas por su pareja. En el 2005 los casos aumentaron a 39.734. Al año siguiente, creció la cifra a 41.384. En 2007 fueron 46.487 y en  2008 casi 47.000.
Según encuesta de El Tiempo, el 84% de las mujeres víctimas de la violencia han sentido miedo de denunciar su agresión. Sólo el 12% ha visto judicializado su caso y el 97% de las mujeres víctimas creen que su caso quedará en la impunidad. Cuando se les preguntó a las mujeres que han sufrido en carne propia la violencia si creen que los medios de comunicación saben manejar el tema de la violencia, 100% creen que no. Además, el 98% de las  mujeres considera que su vida laboral se ha visto afectada por haber sido víctima de la violencia. En casi el 70% de los casos el agresor es una persona conocida.
Según Profamilia,  cada 15 segundos una mujer es afectada por la violencia. El 12% de las mujeres en alguna ocasión ha sido violada por su esposo o compañero
Según cifras de la Fundación Plan, en nueve de cada diez casos de violencia intrafamiliar, la víctima es la mujer, cada seis días una mujer es asesinada por su cónyuge y una de cada cinco niñas ha sido abusada sexualmente.
Entre el 2010 y el 2012, Medicina Legal, registró un incremento del 12% en la violencia contra  mujeres. Cada día los casos son más dolorosos. Como las mujeres a las que se les destruye el rostro por los cada vez más frecuentes y horrorosos ataques con ácido. Ateniéndonos a los datos que ofrece El Tiempo, cada 6 horas, una mujer colombiana es abusada por causa del conflicto armado. En promedio son 245 mujeres diarias las que sufren algún tipo de violencia. Entre el 2001 y el 2009 fueron más de 26.000 las mujeres que quedaron embarazadas a causa de violación y casi 400 mil fueron abusadas.
En el Departamento de la Prosperidad Social se registran casi dos millones de mujeres desplazadas y de ellas, el 30% salió de sus hogares por violencia sexual y el 25% volvió a sufrir abuso en los lugares de refugio.
El caso emblemático reciente de violencia contra las mujeres es el de Rosa Elvira Cely, quien fue brutalmente violada y abusada y luego abandonada en un parque en Bogotá y murió a causa de los destrozos internos que sufrió. Si bien es cierto que el asesino confesó y fue condenado, el problema de la violencia contra las mujeres sigue latente y creciendo.
El mejor homenaje a las madres, para que la vergüenza social no nos abrume, es reflexionar en familia sobre lo equivocado que es pensar y comportarnos como si los machos fuéramos fuertes, inteligentes, poderosos y dueños de la razón. Que los machos necesitamos encontrar a alguien a quien proteger y mantener. Que los niños no lloran y que los hombres somos los que tenemos el poder en el hogar…

sábado, 4 de mayo de 2013


EL ADULTO MAYOR QUE LLEVAMOS DENTRO

La sociedad actual presenta elementos que son bastante contradictorios. Por un lado se habla de proteger a los niños y por otro se los abusa sexualmente, se los obliga a trabajar o se los margina de posibilidades reales de estudio y protección familiar y social. Igual ocurre con las mujeres a quienes se dice querer, admirar y respetar, pero en la práctica, sufren todo tipo de discriminaciones, vejámenes y violencias.
Existen otros aspectos también contradictorios. Una sociedad tiene que ser muy poco sensible para abandonar a las personas que ya han superado la edad madura. Son los adultos mayores. Si bien es cierto que la juventud es reconocida como un tesoro, la experiencia o el conocimiento acumulado son, prácticamente desechados. Duele ver ancianos abandonados, botados a la calle, sobreviviendo de la limosna o la caridad pública. O a unos viejitos que los recogen y los abandonan en un hospital. Allí, sufriendo sus quebrantos de salud, en silencio padecen su soledad. Y esto pasa en todos los estratos sociales. Los que tienen con qué pagar, los llevan a hogares geriátricos, para que sean otros los que, por una cuota mensual, se encarguen de su cuidado. Los que tienen menos recursos económicos, en ocasiones les disponen unas habitaciones en lugares apartados, oscuros y poco ventilados, donde no estorben ni molesten.
Al parecer se nos ha olvidado que todos, absolutamente todos, llevamos en nuestra esencia, en nuestra naturaleza, en nuestra biología, un adulto mayor en potencia. Es decir, todos vamos para viejos. Cada día que pasa crece en nosotros el adulto mayor que llevamos dentro. Como esto pueda que lo sepamos, pero parece que no lo recordáramos, vemos a diario chistes y ridiculizaciones sobre los ancianos. Nos burlamos de su caminar cansino, de su hablar pausado, de sus frecuentes olvidos, de su precaria habilidad, de sus achaques…
Ellos no son un estorbo, ni son pasivos ni tampoco inútiles. Son seres humanos que han alcanzado una etapa de su existencia social como personas. Merecen el amor, el respeto y el apoyo de su entorno familiar, de la sociedad en su conjunto y del estado. La dignidad humana de las personas no declina con la edad. Por eso es importante hacerles conocer los beneficios que la ley les entrega y facilitarles todos los mecanismos necesarios para que reclamen sus derechos cuando les sean vulnerados. Se debe velar por su salud y condiciones vitales, por su formación y capacitación, por su correcta alimentación, por su visibilización, reconocimiento y rehabilitación.
En el adulto mayor reposa la memoria histórica de nuestra sociedad. Por eso se debe incentivar su interacción con niños e instituciones educativas. Se les debe dar siempre atención preferencial en todos los sitios y los desarrollos urbanísticos deben tenerlos en cuenta. La protección del adulto mayor debe ser integral, pero lo que debe guiarla es el amor, el respeto y la solidaridad.
Qué bueno que  muy pronto esta ciudad se pueda preciar de tener los adultos mayores más felices y protegidos de Colombia. La seguridad de los adultos mayores es un asunto en el que cada uno tiene que poner de su parte. Al estado hay que exigirle, pero nosotros debemos dar. No hay que esperar a que empiecen los otros, debemos iniciar ya, sin titubeos, con decisión.

viernes, 19 de abril de 2013


LA SALUD ES UN DERECHO NO UN NEGOCIO
Actualmente se debate la reforma al sistema de salud.  Se llega a este punto por  varias razones. La primera es que nunca la salud había recibido tanto dinero, tantos recursos como con el modelo de salud que hoy opera.  Una segunda, nunca los servicios de salud habían sido tan deficientes e inhumanos. Mas plata y peor servicio. El meollo del asunto está en la concepción de salud inherente al modelo vigente. Para la ley 100,  guía de la salud en Colombia, ella no es un derecho, sino un servicio. Para acceder a un servicio hay que pagar. Ya sea que el estado pague mediante subsidios buena parte de los costos por los enfermos, ya sea por pagos parciales, es decir con copagos, o que el paciente pague todo o casi todo, por ejemplo, medicina prepagada, régimen contributivo o medicina particular.
 El problema central a abordar en esta reforma es definir si lo que se necesita es una modificación en la que la salud siga siendo un negocio rentable o que la salud se entienda y se organice como un derecho fundamental de todos los colombianos bajo la responsabilidad del estado. Responsabilidad que por ser sobre un derecho fundamental sería indelegable.
Definir el sistema organizacional de la salud como un servicio, es pensar en ganancias, en negocios, en rentabilidad y utilidades. Esta es una decisión política, sin sustento académico ni científico. No obstante, las grandes empresas privadas que se han beneficiado de las ventajas obtenidas en la salud, han financiado estudios e investigaciones académicas para justificar sus negocios, concluyendo que el modelo no se puede modificar, y que hacerlo sería catastrófico. Además, acusan  a los que defienden el derecho a la salud, como enemigos del sector privado, vetustos pregonadores de ideologías extrañas, etc., tratando de ocultar una posición política democrática, que pretende defender un derecho de todos así como el ordenamiento jurídico y constitucional del país.
La diferencia fundamental de las dos posiciones es la participación de actores privados que hacen las veces de intermediarios en el sistema, ya sea administrando, gestionando o manejando los recursos financieros y buscando obtener el máximo de utilidad y ganancia. Por eso buscan aumentar los precios de los medicamentos, disminuir o retardar la atención de los pacientes, escalar los recobros de servicios o desviar y apropiarse de los recursos de la salud con fines ajenos a la utilidad pública. La intermediación privada en el sistema de salud es una limitación para el disfrute del derecho a la salud. Si la salud es un negocio para el disfrute de pocos, es por la presencia de verdaderos mercaderes de la muerte que saquean el erario y atentan contra la vida e integridad de la sociedad en general.
El sistema de salud está en crisis  por la presencia de intermediarios privados que han obtenido el máximo de utilidades a costa de millares de pacientes que han visto deteriorar su salud. Sería estúpido pensar que un sistema al servicio de los intermediarios privados, sumergido por ellos en una crisis profunda y aguda, se superará mejorando las ventajas y gabelas para los privados. El estado tiene la obligación constitucional de defender los derechos y los intereses colectivos como el derecho a la salud. ¡No lo olvide!
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jueves, 11 de abril de 2013


DELINCUENCIA Y PACTOS CIUDADANOS
En el colegio cuando estudiábamos el bachillerato, compartimos muchas alegrías. Jugamos fútbol juntos. En muchas fiestas brilló su alegría. Queríamos estudiar en la misma universidad. Su hogar lo armó desde antes de iniciar su carrera. Viajó a Bogotá y se graduó como ingeniero catastral. De su padre, líder conservador, heredó su liderazgo y convicciones. La vida, luego de varios años nos juntó para que yo fuera el médico de su familia. Compró un terreno en la zona rural de Ibagué, en límites de las veredas la Esperanza y Carrizales. Allí se estableció en la que denominó finca los Cocoy’s. Con ese apelativo aprendí a quererlo.
El miércoles pasado en la tarde, su finca fue abordada por maleantes. Estaba solo. Lo amarraron de pies y manos y lo amordazaron. Arrodillado y sometido, lo acuchillaron múltiples veces por la espalda hasta matarlo.
El año pasado, por estas fechas, el alcalde de Ibagué, en acto público, lanzó su estrategia de los Pactos Ciudadanos para la seguridad y la convivencia. Buscaba realizar alianzas entre la ciudadanía y las autoridades para mejorar la tranquilidad y la vida en común. Pactos para que la ciudadanía pudiera, sintiendo el respaldo y la discreción de las autoridades, denunciar sitios donde se expenden psicoactivos, se compran objetos robados o simplemente se delinque. Los ciudadanos saben de muchos delincuentes pero no se atreven a denunciar por las represalias que ellos puedan tomar cuando la justicia no sea eficiente.
Los Pactos Ciudadanos permiten que la ciudadanía se organice para gestionar de manera compartida la rehabilitación vial de sus barrios y veredas, la recuperación de sus parques y prevención de enfermedades con el Dengue. Cuando la administración ejerce liderazgo cívico los ciudadanos responden, trabajan, ayudan, aportan ideas y proyectos, cuidan y protegen.
Señor alcalde, ¿por qué esos Pactos tan bien intencionados se quedaron en simple alharaca y no se convirtieron en realidad? Usted sabe muy bien que cuando una comunidad está unida, cuando su tejido social es fuerte, a la delincuencia se le cierran espacios y las posibilidades.  También se genera desarrollo y sentido de pertenencia. Se fortalece la democracia, la inclusión y la participación ciudadana. Una comunidad cohesionada está atenta a todos sus vecinos, se cuidan entre ellos y es solidaria cuando alguien solicita ayuda.
Juan Antonio Londoño Gómez “Cocoy” fue asesinado en medio de la indiferencia y la soledad. Si alguien vio algún sospechoso, no dijo nada. Si alguien escuchó gemidos o golpes, prefirió no meterse, no averiguar o dedicarse a asuntos propios… Señor alcalde, si usted dio la orden de organizar los Pactos Ciudadanos por la seguridad y la convivencia ¿por qué no funcionan y seguimos enterrando ciudadanos honestos, solidarios y trabajadores, porque el tejido social sigue hecho jirones o simples retazos? Usted ordenó que se trabajara de la mano con la Policía Metropolitana en el tema, pero hay funcionarios que se lo pasan por la faja y no le obedecen.
Que dolor se apoza en el alma cuando hay que enterrar seres humanos buenos, limpios, de corazón sereno. Se me nubla la mirada recordando la vil humillación a la que fue sometido mi amigo. Pero más me mueve a rabia pensar que sigan ocurriendo actos similares y no hagamos nada, aparte de lamentarnos, dar sentidos pésames y asistir a honras fúnebres.
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domingo, 7 de abril de 2013


EL TIEMPO Y EL RESPETO DEL OTRO
El desarrollo del capitalismo ha contribuido a transformar las mentalidades de las personas que componen una sociedad. Una transformación tiene que ver con la noción del tiempo. Como lo importante es producir y obtener mayores ganancias, maximizando resultados con los menores esfuerzos e inversiones, el tiempo se convierte en elemento clave. Ahorrarlo es fundamental. El tiempo se valora como un material precioso y escaso. El tiempo es oro.
¿Pero si el tiempo es oro por qué se desperdicia? Veamos ejemplos. En las entidades bancarias existen carteles que anuncian que la atención va de unas horas a otras, digamos de 8 a 11 y media de la mañana. Si usted llega puntual a las 8 se va a encontrar con situaciones ridículas: la persona encargada llaga a su puesto, prende su equipo, acomoda su escritorio, espera que cargue la información en su ordenador, revisa y prepara los sellos y demás enseres. Usted aguarda en la fila su turno con paciencia. Ya se ha perdido más de un cuarto de hora. Detrás de usted hay varias personas y hay más esperando frente a las demás ventanillas de atención al público. Muchas personas pierden horas enteras para hacer sus trámites. ¿Cuánto vale el tiempo de los clientes que sufren porque se cayó el sistema?
En instituciones de salud lo peor que le puede pasar a un ciudadano es llegar a la hora del cambio de turno. La persona enferma tendrá que esperar un rato largo para ser atendida. El personal que sale está afanado por entregar el turno y el que llega lentamente lo recibe. ¿Quién responde si el paciente empeora mientras aguarda? ¿Cuánto vale el tiempo de un enfermo? ¿Quién le recupera el tiempo, la salud o la vida a un paciente que debe esperar a que lo atiendan o le den una cita o una autorización?
La puntualidad es una demostración de respeto hacia los demás. No se debe disponer del tiempo de los otros e irrespetarlos haciéndolos esperar. Uno entiende que existen situaciones contingentes que es imposible subsanar, como tormentas que impiden los vuelos, o accidentes que bloquean las vías. Pero la puntualidad en los horarios en los aeropuertos y en las terminales de transporte no es la regla. Igual ocurre cuando se contrata un trabajo de carpintería, de tipografía, de latonería, de fontanería o pintura. Se comprometen que el trabajo lo entregan en una fecha, usted programa sus cosas y luego viene el dolor de cabeza por el incumplimiento. ¿Ese tiempo perdido quien lo paga?
Algunas directivas de instituciones educativas programan reuniones pensando que los padres de familia no trabajan y en pleno horario de oficina son citados a recibir los boletines de sus hijos. Si los padres no asisten sus hijos son recriminados. Si los padres faltan a la cita dejan al garete sus asuntos laborales. ¿Quién se preocupa por este desperdicio de tiempo?
Los japoneses y coreanos se precian de entregar sus productos justo a tiempo. Tanto los trenes como el metro ingleses se jactan de su puntualidad milimétrica. El respeto por el prójimo y los compromisos son valores que ellos aprecian y defienden. Si investigan y cuantifican los tiempos que se dilapidan en este país, verificarán la cantidad de dinero que perdemos. www.agustinangarita.com