jueves, 6 de febrero de 2014

ODIO, POLITICA Y SOCIEDAD
Las campañas para elegir congresistas están en pleno desempeño. Lo llamativo, más allá de los jingles insulsos y las propuestas insípidas, es el odio que reflejan algunas. Unas consideran que atacando el establecimiento con todo tipo de argumentos, la mayoría falaces e inventados, lograran el favor electoral de los ciudadanos. Otras, destilan su resentimiento contra los demás candidatos.
El odio es un sentimiento primitivo, incomprendido y bestial. Es un sentimiento dominante que obnubila y no deja espacio para la reflexión fuera de él. El odio no ofrece confusiones. Se odia y ya está. Su objetivo es claro, es perseverante y la meta es fija: dañar al que se odia. Por eso es primitivo y bestial. Es totalmente destructivo, carcome conciencias, envenena almas, no entiende razones y solo aspira a actuar, superando todo obstáculo.
El odio es un sentimiento traidor y repudiable. Toma el control de las personas y les hace perder el dominio sobre sus acciones. A nombre del odio se han desarrollado guerras, masacres, violaciones, venganzas y todo tipo de vergüenzas humanas. El odio sabe a sangre y hiede a muerte. Las sociedades a través del tiempo han tratado de reprimirlo, de controlarlo, de apaciguar su fuego…
Como la sociedad en general no lo ve con buenos ojos, los que odian lo disimulan y tratan de aparentar otra cosa. Lo camuflan bajo banderas de patrioterismos, de defensas a la comunidad, de la fe, de la familia, de la justicia social, la dignidad humana o la tradición. Y se escuchan, entonces, candidatos que dicen defender la paz, pero desapareciendo los contradictores. La paz de los cementerios. También están los que enarbolan estandartes de la defensa de la democracia y la civilidad, para aprovechar para su beneficio, los espacios de los que ellos odian.
La mentira y la soberbia son caretas del odio. Las almas cargadas de rencor, no pueden pensar, solo quieren actuar. Y candidatos con esas almas no deben estar en los puestos de dirección. Los grandes líderes de la humanidad como Jesucristo, Mahoma, Buda, Confucio, Dalai Lama o Gandhi han construido su doctrina sobre la base del amor y la humildad. Nunca del odio o la soberbia. Pregonan amor y respeto al prójimo. Exaltan la vida y no la muerte. Pero ahora quienes pretender liderar nuestro país y nuestra región pregonan rencor, enfrentamiento, odios y muerte.
Vale la pena que los ciudadanos que aman la convivencia, que quieren vivir en paz, que quieren ver a sus hijos y nietos crecer y disfrutar la vida, estén atentos frente a estos discursos y arengas cargadas de mentiras y engaños que incitan al irrespeto, al odio, a la guerra, a la muerte. Ante tanta sangre y lágrimas derramadas, ante tanto dolor causado solo merece construir puente de entendimiento, de reconciliación, de amor, de olvido y solidaridad.
Los discursos del odio son siempre negativos. Proponen destruir pero no edificar. Para votar busque propuestas positivas, realizables, serias y de contenido. Es posible que le sea difícil encontrarlas. Pero existen. Y cuando encuentre las que llevan odio piense un instante en usted, en su familia, su ciudad y su país antes de aceptarlas.
www.agustinangarita.com

sábado, 1 de febrero de 2014

LA ÉTICA ES PODER

La ética es una rama de la filosofía que se dedica al estudio de la acción humana, pero también del deber, la virtud, la felicidad y especialmente del buen vivir. Las reflexiones éticas permiten elaborar juicios sobre las conductas y/o intenciones humanas, tales como “correcta”, “incorrecta”, “buena”, “mala”, “prohibida”, “permitida”... En palabras de Fernando Savater, la ética es el arte de vivir, de saber vivir, de discernir lo que conviene o no. La reflexión ética señalaría cómo deberían actuar los miembros de una sociedad y la responsabilidad que deben asumir por ser parte de ella.
Hoy creo que en general la ética no pasa  de ser un simple enunciado. No se ha materializado en un comportamiento ético con principios y reglas de cumplimiento obligatorio. La ausencia de esta virtud deteriora la vida colectiva y hace difícil la convivencia.
En la democracia, para que el poder no se concentrara en pocas manos, se pensó en dividirlo y distribuirlo. El poder legislativo, se encargaría de crear leyes y normas en nombre de la voluntad popular. El poder judicial de manera independiente debería aplicar las leyes e impartir justicia. El poder ejecutivo sería el encargado de gobernar y hacer efectivas obras y acciones del estado. Entre los tres se vigilarían y equilibrarían poderes. Con el paso del tiempo y el desarrollo de la tecnología, los medios de comunicación han ganado espacio importante y serían el cuarto poder: la voz y la mirada de la ciudadanía que ya no se siente representada en el poder legislativo ni en el ejecutivo.
Hoy se puede constatar que la división de poderes no ha sido suficiente para impedir que el poder se mantenga en manos de unos pocos. Que la mayoría de los medios de comunicación se acomodan al lado de los poderosos. Y la ciudadanía queda huérfana, empobrecida y desamparada. La corrupción, el clientelismo, el nepotismo, la politiquería, la mentira y el engaño son los estandartes de muchos gobernantes y políticos. ¿Qué hacer entonces?
La ética, si bien es cierto tiene que ver con los comportamientos personales de los individuos, en la medida de su interiorización, discusión y puesta en práctica se transforma en procesos sociales, en imaginarios colectivos. Una sociedad que se guía por principios éticos es una sociedad donde la convivencia y la paz encuentran terreno abonado para el progreso, la justicia y la equidad. Una sociedad sin ética está condenada al fracaso, a la barbarie.
Constituyamos la ética en el quinto poder. En el poder global de los ciudadanos. Debemos exigir que la política se dedique al bien común. Que la corrupción no tenga opciones. Que los gobernantes, funcionarios, profesionales y políticos se comporten éticamente. Y a los que se nieguen la ciudadanía les exija o los castigue con su indiferencia electoral o profesional. En Colombia los corruptos o tramposos no son mayoría, pero muchos gobiernan porque se lo hemos permitido. Es hora de tomar las riendas de nuestro destino, de nuestra ciudad, de nuestra región.
La ética debe dirigir todos nuestros comportamientos como buenos ciudadanos. La ética es nuestro verdadero poder para la convivencia en paz. El poder real de la ciudadanía.

@agustinangarita

lunes, 27 de enero de 2014

CULTURA CIUDADANA

No se es  ciudadano por nacimiento, sino que nos hacemos ciudadanos en la medida de nuestras acciones, de la manera como tratamos y somos tratados por los demás. La ciudadanía requiere ser aprendida, enseñada, transmitida en el hogar, la escuela, en la calle, en el trabajo, en todos los espacios de convivencia. Son reglas de juego para vivir en comunidad que deben ser asumidas por todos los miembros de una colectividad y además, ser reafirmadas y refrendadas permanentemente. A estas normas cívicas para la convivencia se les ha denominado como cultura ciudadana.
La cultura ciudadana pretende mejorar la gestión pública y privada, ampliar y profundizar la participación ciudadana y la cultura democrática, asumir responsabilidades compartidas y generar procesos de movilización social por el bien común. Cada comunidad establece unos patrones de cultura cívica particulares, válidos sólo para ella. Estos parámetros no son estáticos y se transforman con los cambios sociales.
Para que una sociedad acepte estos cambios voluntarios de comportamientos colectivos debe existir una integración fuerte y dinámica entre las normas o leyes, la moral y la cultura. Es decir, solamente ocurren cambios culturales cuando los valores morales de los ciudadanos van en la misma dirección de la ley y estos valores son compartidos por todos en la vida diaria. En otras palabras, que el ciudadano entienda e interiorice la ley, la asuma como legítima y actúe en concordancia, tanto él como los demás ciudadanos.
En el país las leyes no son legítimas. Una vez se expiden la ciudadanía en lugar de acomodarse a ellas y comportarse en coherencia, busca inventarse como saltarse la norma, como evadirla, de ahí el decir popular: hecha la ley, hecha la trampa. Este comportamiento a corto plazo puede dar algunos frutos y ventajas. Pero para la vida en colectividad, es dañino y erosiona la confianza y a convivencia.
Es urgente el reforzamiento cultural en la ciudadanía de buenos comportamientos, de cambios de actitudes y cambios de percepción de los habitantes del municipio. Se deben mejorar las relaciones de los ciudadanos con las leyes y con las normas sociales. Estimular la capacidad de los ciudadanos para cooperar, para ser solidarios y llegar a acuerdos sobre el bien común. Además, se debe llegar a ser capaces de llamar la atención de manera amable a otros cuando incurren en comportamientos inadecuados.
Lo anterior será estéril si no se combate la arbitrariedad, se genera confianza en las instituciones y se fortalece el sentido de lo público. Así la ciudadanía podrá a prender a apropiarse de la ciudad, a usarla valorando y respetando su ordenamiento propio y a entenderla como un patrimonio común. Las autoridades no deben limitarse a expedir las normas rematándolas con un “comuníquese y cúmplase”. Hay que ampliar este final por un “comuníquese, explíquese, compréndase y ahora sí, cúmplase”. Solo así se transforman las creencias, tradiciones y costumbres de una sociedad.
Un último aspecto. No es únicamente la coerción, la fuerza y la autoridad lo que impulsa la convivencia. El principio de solidaridad es el verdadero motor de la acción. La solidaridad como un actuar entre iguales. En Ibagué necesitamos construir entre todos cultura ciudadana para vivir mejor.
@agustinangarita 

jueves, 16 de enero de 2014

POLITICA, LEALTAD Y DESARROLLO

Con frecuencia escuchamos hablar de la lealtad. Sin embargo no existe un consenso en la manera de entenderla. Los mismos filósofos no se han puesto de acuerdo en el asunto. Para poder acercarnos al tema podemos decir que hoy coexiste una visión feudal, con una expresión moderna.
La concepción tradicional de la lealtad es la adhesión a un soberano, a un gobierno. Es la devoción personal a un gobernante y a su familia. Una adscripción a una persona o a una causa. Esta es la forma tradicional como algunos jefes políticos asumen a sus correligionarios. Creen que son cosas u objetos de su propiedad. Se les escucha decir: mis votantes, mi cauda, mis líderes, mis funcionarios. Exigen que se cumplan sus lineamientos, deseos y caprichos al pie de la letra. Les encanta tener a su lado, no a compañeros sino casi a lacayos, personas incondicionales que estén dispuestas a sacrificar su dignidad, si es necesario, para obtener la bendición y canonjías del jefe. Deben obedecer a raja tabla, sin musitar palabra ni contradecir.
La lealtad moderna es otra cosa. Según Royce, es una virtud que se constituye en el centro de nuestros deberes. Es ser fiel al compromiso activo de defender lo que se cree y a quien se le cree, no importa si las circunstancias sean buenas o malas. Esta lealtad debe ser libre, sin coerción, reflexiva, práctica, con un compromiso pleno por una causa. Es una lealtad fundamentada en el respeto tanto del jefe como del subalterno. Está relacionada íntimamente con la responsabilidad, la prudencia, la perseverancia, la dignidad, la justicia y la verdad. Una lealtad entendida así es la llave que solidifica las relaciones humanas y consolida la confianza mutua.
La lealtad feudal no genera respetos, lo que incuba son mojigaterías e hipocresías. Es por eso que muchos jefes exigiendo esta lealtad resultan débiles ante la adulación y presa fácil de alabanzas mendaces. Como el jefe quiere una adscripción casi perruna, le encanta que al chasquear sus dedos, sus súbditos muevan la cola, salten agradecidos y les brillen los ojos significando mansedumbre y obediencia plena. Para una comunidad esto debe ser sinónimo de atraso y una real talanquera para el progreso.
Las sociedades modernas necesitan ciudadanos diferentes a los de las costumbres feudales. Exigen personas críticas, creativas, con iniciativa y carácter no simplemente obedientes y mansos. Los jefes urgen a su lado ciudadanos comprometidos, dedicados, rigurosos, con el valor civil de hacer ver los errores con decencia y reconocer los propios. Para que una sociedad progrese y se encamine por los senderos del desarrollo necesita ciudadanos que hagan las cosas bien, que cumplan con su deber, pero que estén atentos a cambiar, a transformarse y a transformar, a no evadir responsabilidades y a buscar soluciones conjuntas a problemas cotidianos.
Cuando vivimos los enfrentamientos entre instituciones en el país (Fiscalía contra Contraloría, las altas Cortes entre sí o con la Procuraduría) pensamos en la debilidad del estado y la necesidad de reformarlo para fortalecerlo. Lo que se necesita con urgencia y no se ve cercana, es una transformación de la clase política, empezando con la concepción de lealtad.

@agustinangarita

lunes, 13 de enero de 2014

GITANOS, AMOR Y SABIDURIA

Por la formación católica que recibí en casa, aprendí un postulado que se volvió por años guía de mi vida: el amor es dar. Por eso, como expresión de sentimiento buscaba a toda costa poder darle a los seres cercanos y queridos. Pero la vida se reserva espacios para hacernos reflexionar sobre las cosas que se ha creído que son así y para siempre.
Caminando por alguna ciudad extranjera me abordó una gitana. Era una mujer entrada en años, abundantes arrugas, manos seguras y mirada avasalladora. Se vive prevenido con los gitanos por la fama de embaucadores, timadores y mentirosos. Ella, con un ramito de mirto entre sus dedos, ofreció leerme la mano y adivinarme la suerte. Al negarme rotundamente, me increpó que no era una ladrona ni una buscona. Que a su edad solo quería conversar con la gente. Que la invitara a una copa de vino.
Mi voluntad cedió y resulté en un bar tomando con ella una botella de Rioja. Hablamos de muchos temas, de la vida, de la muerte, de la dicha, la fortuna y la pobreza. Después de un rato terminamos en el postulado que sobre el amor yo tenía. La gitana escuchándome con detalle, me dijo: está equivocado. Eso es lo que piensan las personas que creen que el afecto se compra o se obtiene a través de regalos y cosas por el estilo. Es una mirada mezquina al afecto, me expresó. La sociedad capitalista, experta en acumular cosas, nos ha hecho pensar que el amor se manifiesta en los objetos que se obsequian, y que entre más costosos, mejor. Me repitió enfática: todo eso es falso.
Su voz denotaba seguridad. El amor es darse, entregarse, es ofrecerse uno mismo como tributo, como expresión suprema del afecto por la otra persona. ¿De qué sirven regalos, si usted no está de cuerpo y alma en la relación? Es más importante ser omnipresente que dar cosas materiales, que si bien son apreciadas, no llenan el alma ni el corazón. En el amor, debe usted estar pendiente, en todos los aspectos, de su pareja. Si vive dedicado a ella, le aseguro que lo notará y lo apreciará. Así que tome la iniciativa, entréguese, dese a sí mismo en el amor, en la vida y en todas sus cosas. Atrévase. Si usted espera que le den para dar, y su pareja hace lo mismo, resultan dos esperando eternamente. Si en todas las cosas que usted emprende en la vida, se entrega con devoción y pasión, es autocrítico, propositivo e inteligente, serán muchas las satisfacciones que va a cosechar. ¿Y si no dan, que hace uno? Pregunté. Olvidarla, porque no merece.
Se paró y me clavó sus ojos negros mientras escanciaba en su copa los últimos rastros de la segunda botella. La apuró de un golpe, me pidió unos billetes y se marchó caminando segura y sin mirar atrás. Mi corazón la acompañó hasta que a lo lejos no fue sino una sombra que se perdió entre el gentío de la calle en verano. Luego pensé en la sabiduría popular y en lo muy poco que la apreciamos…

sábado, 28 de diciembre de 2013

LA PARTIDA DE LOS GRANDES

El Tolima padece un mal que parece no tener pronta cura. Cada día tiene menor peso en el concierto nacional. Sus grandes nombres han partido. Otros, menos grandes, han sido eclipsados. Pero el resultado es igual. Un Tolima huérfano. Sin guías ni timoneles. Muy a la deriva.
Pese a sus detractores, Luis Humberto Gómez Gallo era de los grandes. Tuvo destacada carrera política. Concejal de Ibagué por varios periodos representando con honor y orgullo a su partido, el Conservador. Tuvo un corto paso por la burocracia departamental y se dedicó a recorrer la geografía tolimense con el senador Guillermo Ángulo, importante dirigente azul. Con audacia y valor supo separarse de su mentor e inició camino independiente en la política. Llegó al senado por tres periodos. Presidió la prestigiosa comisión primera y luego llegó a ocupar uno de los cargos más anhelados por la clase política: Presidente del Congreso.
Hombre trabajador, inteligente y conocedor en detalle de la política empezó a brillar como la figura más promisoria de este Tolima que veía con tristeza como se apagaban faros de otras épocas. Con esfuerzo, su nombre fue ganando estatura y más de uno lo avizoró como futuro candidato presidencial.
Por decisiones de la justicia, que algunos señalaron de politizadas, vio trancada su carrera. Una vez retornó a la capital musical tuve oportunidad de saludarlo frente a la Catedral. La sonrisa de siempre le marcaba el rostro y su mirada demostraba serenidad. Al abrazarnos comprobé la firmeza de un hombre que se siente en paz consigo mismo y con su gente. Una gran energía brotaba desde su alma. Se sabía inocente y quería trabajar sin descanso para que hasta el último de los tolimenses quedara convencido que era un hombre de bien y no un delincuente como quisieron hacerlo ver.
Hace menos de un mes lo encontré en los grados del Colegio Champagnat. Nuevamente me brindó toda su cordialidad. Me contó la manera como estaba reconstruyendo su vida, rota por las decisiones de la justicia. Su vocación de servicio estaba intacta y ya recorría los rincones de este Tolima que tanto afecto y cariño le ofrendó. La política reverberaba en sus venas y su liderazgo natural era reconocido de nuevo por muchos. Me explicó sobre sus negocios y la urgencia de recuperarse económicamente para asegurar el futuro de sus nuevos hijos y de su linda esposa embarazada. Su expresión irradiaba seguridad, convencimiento y trasparencia.
Me golpeó duro enterarme de su muerte. El Tolima ha perdido otro de sus ya escasos grandes hombres. La orfandad política es grande y son pocos los que se vislumbran con el temple, la formación, el arraigo y las agallas de Luis Humberto. El conservatismo pierde un líder indiscutido. La clase política uno de sus mejores cuadros. Cielo, su madre, un hijo entrañable. Su familia un padre, un esposo, un hermano amoroso. La sociedad un ser humano que marcó senderos, construyó caminos y ofreció servicios incuestionables. Sus amigos pierden un ser digno en el mejor sentido de la palabra.

Adiós Luis Humberto. Nunca militamos juntos ni recorrimos los mismos derroteros, pero siempre sentí, como muchos, su respeto, consideración y apreció. Gracias por siempre.

jueves, 19 de diciembre de 2013

LA VIGILANCIA NICHE

La modernidad creó el Estado. Luego la sociedad fundó el estado de derecho para establecer la supremacía de los derechos sobre los privilegios y para determinar el imperio de la ley con leyes con sentido humano opuestas a la bestialidad de penas, torturas y vejaciones. De tal forma que no primaran en la vida comunitaria las decisiones personales o caprichosas ni las acusaciones sin la carga de la prueba. Todo para garantizar la convivencia pacífica.
Para lograrlo, aparte de las leyes, se necesitaba quien las hiciera cumplir. Al Estado se le invistió de la legitimidad para usar la fuerza como monopolio. Se creó entonces la fuerza pública. Un ente público sujeto al estado de derecho. Garantista y proteccionista, nunca un cuerpo suelto y sin control. Este monopolio de la fuerza estaría pagado por la ciudadanía a través de los impuestos. Como tener la posibilidad de usar la fuerza podría degenerar en desmanes y abusos, se crearon mecanismos estrictos de control y vigilancia.
¿Qué quiere decir monopolio de la fuerza por el estado? De manera simple, que ningún ciudadano está facultado para hacer justicia por su propia mano, que está prohibido utilizar la fuerza de manera autónoma y discrecional. Sólo la fuerza pública está facultada para ello. A ella se debe acudir cuando se requiera y a la justicia como servicio público para los ciudadanos.
Colombia ha pagado con ríos de sangre, no entender lo anotado. Ante el crecimiento del delito y la ausencia estatal en las zonas rurales, las personas se organizaron para autodefenderse. Otros, también por falta del Estado, se armaron para exigir justicia social y supresión de privilegios. Ambas formas de organizaciones armadas, por fuera del Estado, utilizan la fuerza para convencer y obligar. Fueron financiadas por los ciudadanos, unos de manera voluntaria y entusiasta y otros obligados. Terminaron saliéndose de las manos de sus creadores y convirtiéndose en fuentes de delito y atropellos.
En Ibagué aparecieron unas personas, que argumentando ser desplazadas y con urgencia de trabajar, decidieron por cuenta propia convertirse en defensores de la ley y combatientes del delito. Varios comerciantes vieron con buenos ojos esta “abnegada” labor y la apoyaron con recursos financieros, logísticos y morales. Los recién llegados, ante la connivencia de civiles y algunas autoridades, hacen justicia, aplican la fuerza y violan derechos.
Este tipo de organizaciones son ilegales. No respetan ni garantizan los derechos de los ciudadanos que dicen proteger. No entienden del debido proceso. Abusan del poder que les da el uso no legítimo de la fuerza. No tienen quien los controle ni vigile, ni a quien rendir cuentas. Por buena apariencia que muestren, la experiencia ha demostrado que no son una solución al delito, ni al mejoramiento de la convivencia pacífica sino que con el tiempo empeoran la delincuencia y dañan la vida en comunidad.
Los ciudadanos debemos exigir que la fuerza pública actúe. Para eso les pagamos con nuestros impuestos. Ella está para nuestro servicio. Esa es la labor de un buen ciudadano. De ninguna manera tomar la ley en nuestras manos o contratar a un tercero para que lo haga.

Pd: Feliz navidad y próspero 2014 para todos y todas.